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La guerra es un negocio: ¿Qué hemos aprendido del libro “La guerra es un fraude” después de casi cien años?

  • 17 abr
  • 12 min de lectura

Después de casi un siglo desde la publicación del libro “La guerra es un fraude”, del general retirado estadounidense Smedley Butler, esta obra breve en extensión, pero profunda en significado, sigue ocupando un lugar importante en el debate intelectual y académico contemporáneo. Aunque el libro fue publicado en 1935, las preguntas que planteó no han perdido relevancia. Al contrario, quizá hoy resultan aún más urgentes. Butler escribió desde la experiencia directa de quien conoció la guerra desde dentro y, tras una larga carrera militar, regresó a reflexionar sobre lo que había visto y comprendido. Su conclusión fue clara: las guerras no siempre son lo que se presentan ante la opinión pública, y los grandes discursos nacionales pueden ocultar intereses económicos y políticos enormes que benefician a unos pocos, mientras que los pueblos comunes pagan el precio real.

Lo que hace que este libro siga siendo importante hoy no es solamente su fuerza moral, sino también su capacidad para revelar la relación compleja entre poder, economía, tecnología y relato público. En el mundo actual, las guerras ya no se libran únicamente con fusiles, tanques o aviones tradicionales. Hoy están profundamente conectadas con drones, inteligencia artificial, sistemas autónomos, ciberseguridad, semiconductores, infraestructuras digitales, grandes volúmenes de datos y cadenas globales de suministro. Esto significa que la pregunta que Butler formuló hace casi cien años ya no es solo una pregunta militar. También es una pregunta administrativa, tecnológica, ética y humana.

Por eso, releer este libro hoy no debe verse como un simple ejercicio histórico, sino como una oportunidad para entender mejor el presente. Durante el último mes, el debate internacional ha vuelto a concentrarse en el aumento del gasto en defensa, la aceleración en la fabricación de drones, la expansión del uso de inteligencia artificial en sistemas militares y la falta de reglas globales suficientemente claras para controlar estas transformaciones. En este contexto, resulta legítimo preguntarse: ¿qué hemos aprendido realmente de “La guerra es un fraude” después de casi cien años? ¿Ha cambiado de verdad el mundo o solo han cambiado las herramientas, mientras ciertas estructuras profundas siguen siendo muy parecidas?


Primero: la idea central del libro sigue viva

El mensaje central de Smedley Butler fue impactante en su tiempo, y continúa siéndolo hoy. Su argumento era que la guerra, en muchos casos, no se mueve únicamente por la defensa legítima o la protección nacional, sino que puede transformarse en un sistema de intereses del que se benefician grandes empresas, círculos políticos e instituciones vinculadas a la industria militar, mientras que los soldados, sus familias y las poblaciones afectadas soportan el coste humano, económico y social.

Butler no afirmaba que todos los conflictos del mundo fueran idénticos, ni que todos los gobiernos entraran en guerra por la misma razón. Su propósito era más profundo. Quería obligar al lector a formular tres preguntas básicas: ¿quién gana?, ¿quién paga?, ¿quién decide?. Estas tres preguntas siguen siendo esenciales y pueden aplicarse hoy no solo al estudio de la guerra, sino también al análisis de la gestión pública, la economía política, la gobernanza y la ética de la tecnología.

Uno de los aportes más importantes del libro es mostrar que las instituciones no se mueven únicamente por los valores que declaran, sino también por los incentivos que construyen, las recompensas que distribuyen y las redes de poder que las sostienen. Esta idea es familiar para la administración moderna. Muchas instituciones comunican ideales nobles, pero operan según lógicas internas muy distintas. Una organización puede hablar de responsabilidad mientras premia la expansión sin límites. Un Estado puede defender un discurso de estabilidad mientras amplía de forma constante los mecanismos de gasto militar. Una empresa tecnológica puede afirmar que su objetivo es mejorar la vida humana, mientras adopta herramientas de alto impacto sin contar con sistemas serios de supervisión.

Desde esta perspectiva, “La guerra es un fraude” no es solo un libro sobre conflictos armados. Es también una reflexión temprana sobre lo que ocurre cuando la gobernanza se separa de la responsabilidad.


Segundo: por qué el libro parece aún más importante en la era de la inteligencia artificial

Si Smedley Butler viviera hoy, probablemente no observaría solo las fábricas de armas convencionales. También prestaría atención a las empresas de software, a los laboratorios de inteligencia artificial, a las plataformas de datos, a las compañías de ciberseguridad, a los fabricantes de drones y a toda la red industrial que conecta tecnología avanzada con seguridad y defensa. La guerra del siglo XXI ya no pertenece solo al acero y la pólvora; también forma parte del universo digital.

La inteligencia artificial se ha convertido en un eje central de los debates internacionales sobre seguridad, soberanía, control estratégico y responsabilidad humana. El problema es que el desarrollo tecnológico avanza con enorme rapidez, mientras que las reglas éticas y jurídicas suelen llegar mucho más tarde. Aquí aparece una coincidencia profunda con la advertencia de Butler: la capacidad crece más rápido que la conciencia institucional para regularla.

Este peligro no es abstracto. Cuando los sistemas inteligentes entran en el análisis militar, en la identificación de objetivos, en el procesamiento masivo de información o en el apoyo a decisiones en escenarios de conflicto, la cuestión no es solo si la tecnología es eficaz. La pregunta más importante es otra: ¿quién responde cuando se equivoca?, ¿quién supervisa la decisión?, ¿hasta qué punto el ser humano sigue teniendo el control real?

Para el mundo hispano, esta reflexión es especialmente importante. España y América Latina no están aisladas del impacto de las tensiones globales. Aunque sus contextos son distintos a los de otras regiones más directamente golpeadas por conflictos armados, sí viven las consecuencias indirectas del desorden internacional: presión económica, redefinición de alianzas, migraciones, dependencia tecnológica, exposición a la desinformación, vulnerabilidad cibernética y cambios en el comercio global. Por eso, releer a Butler hoy no es solo un ejercicio histórico. Es una forma de pensar el futuro con más madurez.


Tercero: de la economía de la guerra a la economía del miedo

Una de las ideas que podemos ampliar hoy al releer este libro es que la guerra ya no genera beneficios solo a través de la venta directa de armas. También produce lo que podríamos llamar una economía del miedo. En esta economía, las ganancias surgen del clima permanente de inseguridad, de la sensación continua de amenaza, de la preparación constante para el conflicto y de la expansión de industrias ligadas a la vigilancia, el control, la protección, la predicción y la infraestructura crítica.

Esto significa que no siempre hace falta una guerra total para activar grandes intereses económicos. A veces basta con un mundo inestable, con una región bajo tensión o con una narrativa persistente de amenaza para que se movilicen capitales, decisiones industriales, inversiones tecnológicas y políticas de seguridad cada vez más amplias. En estas condiciones, el miedo deja de ser solo una emoción colectiva. Puede convertirse en un factor económico.

Este punto vuelve aún más actual la tesis de Butler. Él describió la guerra como un negocio para unos pocos. Hoy podríamos decir que no solo la guerra en sí, sino también la preparación constante para la guerra, la gestión permanente del temor y la normalización de la inseguridad pueden transformarse en fuentes de beneficio. Y eso es especialmente preocupante porque puede llegar a parecer normal dentro de la planificación institucional y de la lógica del mercado.


Cuarto: lo que este libro enseña a la gestión moderna

Una lectura académica contemporánea de esta obra no debería quedarse en la historia militar o en el comentario político. El libro ofrece enseñanzas muy valiosas para la gestión, la administración pública, la gobernanza corporativa e incluso para la formación de líderes.

1. Los incentivos pesan más que los discursos

Las organizaciones pueden escribir declaraciones brillantes sobre ética, paz o responsabilidad, pero en la práctica se comportan según aquello que premian. Si las recompensas internas favorecen la expansión rápida, la acumulación de contratos, el aumento de cuota de mercado o la concentración de poder, los principios declarados terminan ocupando un lugar secundario. La gobernanza real no depende del lenguaje institucional, sino del diseño de los incentivos.

2. La transparencia no es un adorno

Cuando las decisiones de gran impacto se vuelven demasiado opacas, complejas o protegidas por discursos técnicos inaccesibles, aumenta la posibilidad de abuso, de ocultamiento o de justificación engañosa. Esto se aplica a la contratación pública, a la industria de defensa, a los sistemas automatizados y a las inversiones tecnológicas de gran escala. La transparencia no es una formalidad administrativa. Es una condición básica para proteger la legitimidad institucional.

3. La tecnología necesita supervisión humana real

En la era de la inteligencia artificial, no basta con afirmar que un sistema es rápido, avanzado o preciso. También debemos preguntar si puede ser auditado, si sus decisiones pueden explicarse, si existe una autoridad humana con capacidad de detenerlo y si hay mecanismos independientes de control. Una tecnología poderosa sin supervisión puede convertirse en una forma nueva de irresponsabilidad organizada.

4. Los costes más profundos no siempre son visibles

Una de las fallas más peligrosas en la gestión es concentrarse solo en los resultados inmediatos y olvidar los daños acumulativos. En la guerra, las ganancias pueden medirse en contratos, inversiones o producción industrial, pero es mucho más difícil medir con la misma facilidad el daño psicológico, la pérdida educativa, el desplazamiento forzado, la erosión de la confianza social o el debilitamiento de generaciones enteras. Esta lección también vale fuera del campo bélico: en economía, en tecnología, en salud pública y en educación.

5. La ética debe incorporarse al diseño institucional

La responsabilidad ética no puede aparecer al final, como una reflexión tardía después de que las decisiones ya han sido tomadas. Debe integrarse desde el principio: en quién decide, cómo decide, qué se documenta, quién supervisa, qué límites existen y qué mecanismos permiten corregir errores. Sin esta estructura, las instituciones terminan funcionando con gran eficiencia, pero sin sabiduría.


Quinto: por qué este debate importa también al lector español e hispano

Puede parecer que un libro escrito en Estados Unidos en 1935 pertenece a un contexto muy lejano. Sin embargo, su valor para el lector español e hispano es considerable. España, por su ubicación geopolítica, su pertenencia al espacio europeo, su relación con el Mediterráneo, su cercanía a debates sobre seguridad y su exposición a dinámicas tecnológicas y estratégicas globales, no está fuera de estos procesos. Del mismo modo, América Latina, aunque con realidades muy diversas, también observa cómo la economía global, la rivalidad tecnológica, la dependencia de infraestructuras digitales y la circulación de narrativas estratégicas afectan sus decisiones nacionales.

Pero la importancia del libro para el mundo hispano no es solamente geopolítica. Es también intelectual y educativa. Nuestras universidades necesitan formar a estudiantes capaces de analizar sistemas complejos, identificar intereses ocultos, comprender cómo se construyen las narrativas públicas y relacionar tecnología con responsabilidad social. La formación superior no debe limitarse a producir profesionales técnicamente competentes. Debe también formar ciudadanos reflexivos, con criterio ético y sensibilidad histórica.

En este sentido, la obra de Butler puede ser muy útil para sociedades hispanas que buscan fortalecer la calidad del debate público. El libro enseña a mirar más allá del discurso oficial, a desconfiar de la simplicidad excesiva y a reconocer que el poder siempre necesita límites. Esa enseñanza sigue siendo profundamente actual.


Sexto: la guerra ya no está solo en el campo de batalla

Otro aprendizaje importante, al mirar este libro desde el presente, es que la guerra ya no debe entenderse únicamente como combate visible. Hoy puede aparecer en el espacio digital, en los ataques cibernéticos, en la manipulación informativa, en la infraestructura energética, en la competencia por microchips, en la interrupción de cadenas logísticas, en la militarización de la innovación y en la lucha por el dominio de datos estratégicos.

Esto amplía enormemente el sentido del argumento de Butler. Si en su época la preocupación principal estaba en las industrias visibles de guerra, hoy el sistema es mucho más extenso. La lógica del beneficio puede estar presente en sectores que, a primera vista, no parecen vinculados directamente con el conflicto. Empresas de nube digital, analítica avanzada, vigilancia inteligente, plataformas de seguridad y sistemas predictivos pueden integrarse, en determinados contextos, en una estructura donde la inseguridad mundial crea nuevas oportunidades de negocio.

Por eso, la pregunta actual ya no es solo si la guerra puede ser un negocio. La pregunta es también si ciertas formas de desarrollo tecnológico y ciertas arquitecturas de poder pueden llegar a prosperar dentro de un ecosistema que se alimenta del miedo, de la fragmentación y de la competencia permanente.


Séptimo: entre la realpolitik y la responsabilidad moral

Una lectura seria y académica del tema debe evitar simplificaciones. No todo presupuesto de defensa es ilegítimo. No toda inversión en seguridad es inmoral. No toda innovación tecnológica tiene un propósito destructivo. Los Estados tienen deberes de protección, y existen amenazas reales que no pueden ser ignoradas. Ser críticos no significa ser ingenuos.

Sin embargo, reconocer esa realidad no elimina la necesidad del examen ético. La cuestión no es si debe existir seguridad, sino cómo se gestiona, quién la controla, qué intereses la rodean, qué límites la regulan y qué efectos produce sobre la vida humana y el bien común. La verdadera madurez política consiste precisamente en combinar capacidad estratégica con responsabilidad moral.

Aquí radica una de las mayores fortalezas del libro de Butler. No obliga al lector a negar los riesgos del mundo. Lo invita, más bien, a no aceptar de manera automática toda justificación presentada en nombre de la seguridad. Pide vigilancia intelectual. Pide honestidad. Pide que el ciudadano no abandone su derecho a preguntar.


Octavo: el papel de las universidades

Si este libro sigue siendo relevante casi cien años después, las universidades tienen una responsabilidad especial en recuperarlo y discutirlo desde perspectivas nuevas. No debería leerse solo dentro de la historia militar, sino también en programas de:

  • administración y gobernanza

  • ética de la inteligencia artificial

  • economía política internacional

  • estudios de paz y conflicto

  • comunicación y construcción del relato público

  • responsabilidad social de las instituciones

  • derecho internacional y regulación tecnológica

La universidad del presente no debe graduar solo personas capaces de operar sistemas. Debe formar personas capaces de interrogar sistemas. Esa diferencia es enorme. Una educación puramente técnica puede producir eficiencia. Una educación crítica y humana puede producir responsabilidad.

En este sentido, “La guerra es un fraude” tiene un valor pedagógico excepcional. Enseña a conectar economía con ética, tecnología con poder, organización con responsabilidad y discurso con intereses reales. En tiempos en que muchas decisiones se justifican con lenguaje técnico, esta capacidad crítica se vuelve esencial.


Noveno: qué hemos aprendido de verdad después de casi cien años

Después de casi un siglo, se pueden resumir varias lecciones fundamentales que este libro sigue ofreciendo:

Primera: la guerra no puede analizarse solo a través del discurso oficial. También debe estudiarse desde los incentivos, los contratos, las estructuras institucionales y los intereses que la rodean.

Segunda: los beneficios pueden concentrarse en pocos actores, mientras que las pérdidas humanas, sociales y económicas se distribuyen entre millones de personas que casi nunca participan en la decisión.

Tercera: la tecnología no elimina el problema moral. A menudo lo vuelve más complejo, porque amplía la distancia entre quienes deciden y quienes sufren las consecuencias.

Cuarta: la gobernanza siempre va más lenta que la capacidad. Las sociedades suelen desarrollar herramientas poderosas antes de construir los mecanismos adecuados para controlarlas.

Quinta: la transparencia y la rendición de cuentas no son complementos opcionales. Son elementos esenciales para evitar que el poder se convierta en beneficio privado a costa del interés general.

Sexta: la educación de calidad debe unir conocimiento con responsabilidad, y competencia profesional con criterio humano.

Séptima: quizá la lección más profunda es que una sociedad no debe preguntarse solo si puede producir más tecnología, más poder o más capacidad estratégica. Debe preguntarse también si puede hacerlo sin perder su conciencia.


Décimo: una lectura más cercana a la experiencia humana

Lo que da a este tema una fuerza especial es que la guerra nunca es solo una cuestión de estadísticas, presupuestos o análisis geopolítico. Siempre toca a personas concretas: familias, estudiantes, trabajadores, niños, comunidades desplazadas, generaciones que ven interrumpido su futuro. Por eso, cualquier lectura académica madura debe mantener el componente humano en el centro.

Esta observación es especialmente relevante para el público hispano, que tiene una larga tradición cultural de reflexión sobre la dignidad humana, la justicia, la memoria histórica y la responsabilidad social. Desde esa sensibilidad, releer el libro de Butler no significa solo criticar la guerra. Significa defender la idea de que ninguna forma de poder, por sofisticada que sea, puede justificarse plenamente si olvida a la persona humana.

En un momento histórico marcado por la automatización, la aceleración digital, la lógica del rendimiento y la normalización del riesgo permanente, esta defensa del ser humano adquiere un valor aún mayor. Tal vez eso explique por qué un texto publicado en 1935 sigue hablando con tanta claridad a nuestro tiempo.


Conclusión

“La guerra es un fraude” sigue siendo, casi cien años después, una obra extraordinariamente actual. No porque el mundo de hoy sea idéntico al de 1935, sino porque la tensión central que Butler identificó no ha desaparecido. Solo ha cambiado de forma. Ahora se presenta a través de drones, inteligencia artificial, ciberseguridad, infraestructuras digitales, economía del miedo y rivalidades tecnológicas globales. Pero en el fondo persiste la misma pregunta: ¿cómo evitar que la concentración de poder, beneficio y opacidad termine imponiéndose sobre la dignidad humana y la responsabilidad colectiva?

La mayor enseñanza del libro quizá no sea una conclusión cerrada, sino una actitud intelectual. Butler nos invita a pensar con valentía, a desconfiar de las explicaciones demasiado cómodas y a examinar las estructuras que sostienen las decisiones más graves. Nos recuerda que el progreso sin responsabilidad puede convertirse en una forma de retroceso moral.

Después de casi un siglo, la lección permanece. Una civilización no se mide solo por su fuerza militar, por su capacidad tecnológica o por el tamaño de su economía. También se mide por su capacidad para poner límites al poder, exigir transparencia a las instituciones y mantener al ser humano en el centro de las decisiones. Si olvidamos eso, tal vez no hayamos aprendido lo suficiente. Si lo comprendemos, entonces un pequeño libro del pasado todavía puede ayudarnos a construir un futuro más consciente.




Sources used for this article

  • Smedley D. Butler, War Is a Racket (1935 edition)

  • Internet Archive record for War Is a Racket

  • International Institute for Strategic Studies, The Military Balance 2026: Global Defence Spending

  • Reuters, “Progress on rules for lethal autonomous weapons urgently needed, says chair of Geneva talks” (3 March 2026)

  • Reuters, “Merz and Zelenskiy sign drone and defence cooperation accords” (14 April 2026)

  • Reuters, “Netherlands to spend nearly 300 million euros on drones for Ukraine” (15 April 2026)

  • Reuters, “In the world of war and rivalry, tech is the victor” (16 April 2026)

  • International AI Safety Report 2026, Executive Summary and policymaker summary

  • UNESCO and Thomson Reuters Foundation, “Responsible AI in Practice” / report announcement (31 March 2026)

 
 
 

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